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sexta-feira, 28 de novembro de 2014

Quando surgiu na Europa, o movimento fascista tinha apoio importante da burguesia britânica e americana. (em espanhol)

Introducción a "Psicología de masas del fascismo" de W. Reich



El libro Psicología de masas del fascismo, fue editado en 1933, justo cuando el nazismo triunfaba en Alemania y el movimiento fascista y militarista llevaba una década expandiéndose por Europa y sumando apoyos muy significativos en la burguesía británica y norteamericana. El capitalismo imperialista se agitaba en una insoportable crisis global, crisis que en lo sociopolítico se remitía al estallido de la revolución bolchevique de 1917, en lo socioeconómico a la crisis iniciada en 1929, y en lo mundial a la multiplicación de los conflictos interimperialistas desde finales del siglo XIX y al giro popular de las luchas de los pueblos oprimidos como la revolución mexicana de 1910. Se trataba de la peor crisis del imperialismo hasta el momento, crisis de la que las burguesías intentarían salir provocando la Segunda Guerra Mundial y las guerras locales anteriores. 

El fascismo apareció como un complejo movimiento reaccionario de masas desclasadas sobre todo en los Estados europeos que se habían sumado tarde a la industrialización y en los que, por eso mismo, sus burguesías no habían podido desarrollar un efectivo sistema de control e integración de las clases explotadas. Aunque había burguesías pro fascistas muy potentes en Gran Bretaña, Estados Unidos, Estado francés, Holanda, Bélgica, etcétera, estos y otros Estados disponían de recursos integradores y cohesión democrático-burguesa más efectivos y arraigados que los desarrollados por la burguesía alemana, italiana, española, portuguesa, etc. Aún así, la gravedad extrema de la crisis imperialista arriba descrita explica por qué en todos los Estados capitalistas existían conscientes simpatías y hasta movimientos fascistas, nazis y militaristas. La obra de W. Reich que aquí comentamos tiene la doble virtualidad de explicar el fascismo como, primero, expresión de la crisis alemana en concreto, y, segundo, de la crisis general del orden burgués en sí mismo en aquella época. 

W. Reich nació en 1897. Sus inquietudes sociales por un psicoanálisis revolucionario dieron un salto en 1927 a raíz de la oleada de lucha de clases en Viena, que llegó a la represión de una manifestación obrera y popular con más de 100 muertos y 1.000 heridos en aquél verano. Reich se hizo comunista y multiplicó sus esfuerzos teóricos y prácticos por unir la revolución sexual con la revolución social, la lucha socialista con la lucha por la plena salud mental y física del pueblo, con especial atención a la juventud trabajadora, al papel de la familia burguesa y pequeño burguesa, a los efectos terribles de la represión sexual y genital, a la función de la disciplina autoritaria y militarista, etcétera. 

En un principio, y hasta 1923, sus tesis en formación y aún no plenamente marxistas son bien acogidas por la ortodoxia psicoanalítica, pero desde ese año van chocando cada vez más con la versión oficial sobre todo a partir de los años treinta cuando Reich impulsa el movimiento de la Sex-Pol y del freudo-marxismo como arma revolucionaria antifascista. Como Reich no acata las cada vez más duras «recomendaciones» del psicoanálisis ortodoxo y dominante de que se abstuviera de «politizar» las ideas de Freud, de que no investigase las relaciones esenciales entre sus contenidos críticos y el marxismo, todo lo cual azuzaba la represión conservadora en general y nazi en concreto del movimiento psicoanalítico, por esto fue expulsado en verano de 1934 de las asociaciones psicoanalíticas oficiales. 

Ocurría que si bien el psicoanálisis contenía y contiene una crítica revolucionaria del orden burgués, lo que le supuso un rechazo inmediato y total, sin embargo tal crítica era y es contradictoria y débil en muchos aspectos, sobre todo en el sociopolítico, como se aprecia con una simple lectura de Freud. Semejante ambigüedad interna fue rápidamente explotada por sus miembros conservadores y «apolíticos», positivistas en lo metodológico, convirtiendo a esta versión del psicoanálisis en una muy eficaz burocracia disciplinadora y normalizadora del capitalismo. La institucionalización burguesa del psicoanálisis no ha impedido, pese a su fuerza incluso dentro de los aparatos de represión contrainsurgente, de tortura especializada, de guerra de baja intensidad y de cuarta generación, sin extendernos a su papel decisivo en las psicotécnicas de marketing y manipulación política y comercial, no ha impedido, como decimos, que siempre resurja el llamado freudo-marxismo en los momentos de crisis. 

De la misma forma en que los contenidos críticos del psicoanálisis son incompatibles con el orden burgués, también lo son con el orden burocrático del marxismo dogmatizado y amputado en su esencia dialéctica. Aunque Reich se hizo abiertamente comunista desde la primera mitad de 1927, desarrollando una intensa tarea revolucionaria en lo psicopolítico y en el enriquecimiento de la dialéctica entre lo consciente y lo inconsciente, también empezó a chocar con la versión mecanicista y determinista del marxismo que se estaba imponiendo desde la segunda mitad de la década de 1920 en la URSS y bien pronto en la Internacional Comunista. No hace falta decir que el freudo-marxismo era incompatible con el economicismo determinista, y con el retroceso en las libertades sexo-politicas y sociales que empezaba a sufrirse en la URSS, país que Reich visitó en 1929 extrayendo unas lecciones que luego serían vitales para una de sus mejores aportaciones: la crítica de la contrarrevolución sexual que hace en el libro La revolución sexual, de lectura obligada. 

El rechazo oficial del psicoanálisis por el estalinismo se basó en buena medida en las ideas conservadoras y machistas de Lenin sobre la sexualidad libre, sobre las relaciones personales basadas en una sexualidad y afectividad emancipada, a pesar de que Lenin tuvo una amante, Inessa Ardman, mientras estaba oficialmente casado con N. Krupskaia. En vez de aprender de Engels y del feminismo socialista, la burocracia de la URSS se opuso al psicoanálisis porque, en el fondo, sus contenidos críticos atacaban -y atacan- a toda estructura física y mental autoritaria y dogmática. La miopía sexual de Lenin al respecto coincidía con la de Marx y otros socialistas en el mismo tema, pero en modo alguno en la concepción dialéctica y subversiva del materialismo histórico y del marxismo en su conjunto, lo que no hace sino confirmar la necesidad de la revolución socio-sexual inseparable de la socialización de las fuerzas productivas. Recordemos que ya en el Manifiesto Comunista de 1848 se denuncia que la mujer es un «instrumento de producción» en propiedad de los hombres. 

Desde 1932 Reich pugnaba cada vez más con la práctica oficial del Partido Comunista de Alemania y de la Internacional Comunista: economicismo que no tenía en cuenta las miserias cotidianas de las masas, su miseria afectiva y emocional, su miseria sexual, su valores reaccionarios profundos cada vez más manipulados por la burguesía y por el fascismo, su nacionalismo imperialista reactivado por la propaganda nazi con el mito de la «puñalada por la espalda», su racismo reforzado, la carga machista de la simbología nazi… y, en síntesis, la despreocupación por la «fuerza reaccionaria de lo irracional» que caracterizaba al parlamentarismo legalista del Partido Comunista de Alemania en pleno auge de masas del nazismo. Reich se dedicó a estudiar cuestiones del fascismo que apenas habían sido vistas por el marxismo anterior, por el último Lenin, por Gramsci y por Trotsky, pese a sus innegables aportaciones, como el papel de la pequeña burguesía en lo político tan bien estudiado por Trotsky desarrollando ideas de Marx y Engels, pero que Reich, y otros freudo-marxistas, pudieron analizar con más detalle. 

Desde 1925 la III Internacional subvaloró la novedad histórica del fascismo en la sociedad imperialista, incomprensión que se agudizó a partir de 1929 y en 1933. La III Internacional creía que el fascismo era una respuesta transitoria y desesperada de la burguesía, y que era mucho más peligrosa la socialdemocracia que el fascismo. La III Internacional analizaba lo nuevo en base a lo viejo, intentaba comprender la crisis de la segunda mitad de la década de 1920 y sobre todo de los efectos de 1929 en base a los viejos análisis sobre la traición de la socialdemocracia en 1914 y sobre todo en 1918-1919 y, luego, en 1923. Por circunstancias que no podemos exponer ahora, los marxistas que sí comprendieron la extrema gravedad de lo nuevo, de lo que significaba realmente el fascismo, estaban siendo arrinconados y luego machacados por las purgas estalinistas como Trotsky y otros, o asesinados por el fascismo y el militarismo anterior al nazismo como fue el encarcelamiento de Gramsci hasta su muerte. En cuanto a los textos de Marx y Engels que adelantaban ideas fundamentales para facilitar una urgente y válida primera aproximación al autoritarismo bonapartista pre-fascista, a la fuerza reaccionaria de lo irracional en el presente, al papel contrarrevolucionario de los cuerpos armados formados por el lumpemproletariado, al sanguinario terror de masas que era capaz de aplicar la burguesía con el apoyo de los sectores populares alienados, etcétera, estos y otros textos fueron relegados a un segundo plano. 

Como hemos dicho, en 1932 Reich ya estaba en tensión crítica con el Partido Comunista de Alemania por su incapacidad de entender qué era realmente el fascismo. Su viaje a la URSS de 1929 le había enseñado cómo allí se gestaba un retroceso en las libertades socio-sexuales, lecciones que se vieron confirmadas por la creciente oposición de la III Internacional a la Sex-Pol, a las tesis de la necesidad de la revolución sexo-política especialmente en la juventud obrera para contener el fascismo, a la necesidad de la lucha práctica contra la sexualidad burguesa y pequeño burguesa y a sus respectivos sistemas familiares como fábricas de obediencia, sumisión y reaccionarismo, a la lucha contra el terrorismo moral de las Iglesias, contra el poder castrador de toda burocracia, etc. El Partido Comunista de Alemania ponía cada vez más obstáculos a la publicación de sus textos y al funcionamiento de los colectivos de educación y liberación sexo-política. En diciembre de 1932 un diario del Partido Comunista de Alemania prohíbe la edición de sus textos entre la juventud del partido y de las bases simpatizantes, pero la respuesta en contra es tan potente que el partido cede y permite las ediciones.

Hasta ese momento Reich y el freudo-marxismo eran rechazados, además de por la burguesía y la Iglesia, también por la ortodoxia psicoanalítica y por el dogmatismo autocalificado de «comunista», pero en marzo de 1933 los nazi atacan duramente su libro La lucha sexual de los jóvenes: todos los poderes contra el freudo-marxismo. Ataque tan duro que Reich tuvo que esconderse en la clandestinidad incluso dentro mismo de Dinamarca, no solo en Alemania. Ambos partidos comunistas, el danés y el alemán, le expulsaron de sus filas en verano de 1933. El libro Psicología de masas del fascismo fue la excusa para la expulsión porque cuestionaba la política de los partidos comunistas desde un marxismo intachable en lo teórico y desde una propuesta de revolución sexo-política inaceptable por sus direcciones. En enero de 1934 el órgano de prensa de la III Internacional -Der Gegenangriff- ataca y desautoriza el texto Psicología de masas del fascismo como contrario a las tesis de la Internacional Comunista de que el nazismo era menos peligroso que la socialdemocracia y estaba a punto de ser derrotado por la clase trabajadora. Todos conocemos la tragedia que se desencadenó después con la victoria nazi y el terror inmediato, y los gigantescos costos humanos que ella acarreó, pero casi nadie sabe que con esa «excomunión» oficial no solo el freudo-marxismo fue anatematizado sino que también lo fue cualquier posibilidad de recuperar un marxismo crítico, dialéctico, hasta finales de la década de 1960. 

El capitalismo actual ha tolerado una cierta liberación sexual arrancada por las luchas feministas, juveniles, socialistas y de las izquierdas en general, así como por los propios intereses de fracciones burguesas interesadas en no abrir excesivos campos de combate con las mujeres y con el pueblo trabajador. Pero desde que la contraofensiva neoliberal empezó a golpearnos en todos los sentidos partir de 1973, poco a poco el sistema patriarco-burgués, las religiones todas, la tendencia objetiva a la militarización autoritaria, estas y otras dinámicas represivas se han ido fortaleciendo cada vez más. La aparición del VIH y de otras enfermedades de transmisión sexual ha reforzado la tendencia a una nueva represión sexual hasta ahora más sutil pero que tiende a endurecerse con los ataques a los derechos de la mujer y de la juventud, a los derechos de aborto seguro, libre y gratuito… 

La crisis global desde 2007 justifica los recortes de las libertades concretas, incluidas las sexuales, porque la clase burguesa vuelve a necesitar fuerza de trabajo alienada, reaccionaria, machista, sumisa, racista e imperialista, y sobre todo una juventud mental y psicológicamente militarizada, con una obediencia fanática a un líder que dirija los ejércitos de la OTAN por el mundo entero. La burguesía apoya cada vez más a los partidos «de orden» que movilizan votos de las llamadas «clases medias» empobrecidas, del proletariado desmoralizado y de la juventud precarizada y embrutecida. Los servicios secretos no acaban con los grupos nazis y les dejan actuar como banderines de enganche que en su momento pueden ser masivamente impulsados por la industria político-mediática. Salvando todas las distancias, reaparecen las condiciones objetivas y subjetivas que dieron forma al fascismo de entonces pero en el capitalismo presente en el que las izquierdas revolucionarias todavía siguen siendo muy reducidas, teniendo que enfrentarse no solo a la burguesía sino también a un reformismo que ha aceptado la lógica legalista y pacifista del sistema explotador. 

Psicología de masas del fascismo vuelve así a la primera línea de combate, como el resto de la vital corriente freudo-marxista, aportando una serie de propuestas que si bien tenemos que estudiar y aplicar en el imperialismo actual, siguen teniendo un valor innegable no solo en lo práctico sino también en lo teórico y en lo metodológico como se aprecia leyendo la cita que sigue extraída del libro que comentamos y recomendamos: 

La psicología burguesa tiene por costumbre en estos casos querer explicar mediante la psicología por qué motivos, llamados irracionales, se ha ido a la huelga o se ha robado, lo que conduce siempre a explicaciones reaccionarias. Para la psicología materialista dialéctica la cuestión es exactamente lo contrario: lo que es necesario explicar no es que el hambriento robe o el que el explotado se declare en huelga, sino por qué la mayoría de los hambrientos no roban y por qué la mayoría de los explotados no van a la huelga […] La economía ha ignorado hasta el momento que la cuestión esencial no reside en saber que la conciencia de clase existe, y de qué modo, entre los trabajadores (esto es una cuestión evidente) sino en averiguar qué es lo que impide el desarrollo de la conciencia de clase

La cita que acabamos de leer reaviva una reflexión siempre necesaria en el capitalismo, pero que en el inicio del siglo XXI adquiere una mayor transcendencia si cabe. Vayamos por partes. Para responder a la pregunta que nos hace Reich debemos, antes que nada, estudiar los cambios sociales habidos desde 1933 que explican por qué en las condiciones descritas arriba, las que se han generado sobre todo a partir de la crisis de 2007, está tardando en formarse una radical conciencia antifascista, si bien es innegable su avance. Muy en síntesis y en el tema que tratamos, podemos exponer cuatro grandes cambios: 

Primero, si bien en la década de 1930 ya existían programas de intervención estatal para intentar controlar la crisis desatada en 1929 en Italia, Suecia, Alemania, EEUU, etc., programas que serían una de las bases del keynesianismo, sin embargo ahora el poder de intervención de los grandes Estados es mucho mayor, aunque, como se ha demostrado, no logran domeñar al monstruo de las crisis, por razones que no podemos explicar aquí. Aquellos planes no salvaron al capitalismo, sólo logró salvarlo la II GM desatada en 1940. Ahora, el sistema dispone de medios que, mal que bien, han evitado un estallido de la catástrofe al precio de agravar todas sus contradicciones. Sin embargo, es precisamente esta capacidad de control decreciente la que aún atolondra y crea falsas expectativas en las clases y naciones explotadas, a la vez que oculta en buena medida la gravedad del renacimiento del fascismo como tendencia de masas latente a la espera de ser activada cuando la burguesía lo necesite. 

Segundo, esta menguante capacidad de posposición de la crisis es reforzada además por los avances en las técnicas de manipulación psicopolítica, emocional e ideológica, cultural, etc., que ha desarrollado el marketing propagandístico aplicado intensamente sobre la estructura psíquica de masas. Hay que reconocer que la psicotecnia de Goebbels es ya sólo una parte de la poderosa maquinaria de la manipulación del inconsciente. A la vez, el sistema represivo actual es mucho más perfecto por cuanto más sibilino e invisible, más complejo y multifacético que el fascista: recordemos que su táctica del terror aleatorio y fortuito, imprevisible, que golpeaba a cualquiera en cualquier momento sembrando el miedo paralizante y angustiado, esta táctica sólo se aplica ahora en situaciones muy peligrosas para el poder. Algunas de sus formas ya se aplican en el presente, como las multas y las identificaciones aleatorias en manifestaciones y actos democráticos, el endurecimiento de la ley represiva, la impunidad de los malos tratos y de la tortura, etc., pero la burguesía actual es más sabia y astuta que la fascista de entonces y aplicará el terror aleatorio como parte de una estrategia, sistema y doctrina represiva superior. 

Tercero, en el capitalismo actual las «libertades sexuales» burguesas están sometidas a una presión creciente como hemos dicho arriba, pero aún así son todavía mayores que las que existían en 1933, lo que ayuda a mantener la ficción democrático-abstracta de «libertad personal» y de debilidad del peligro fascista. Otro tanto sucede con la institución familiar burguesa que siendo esencialmente la misma que entonces sin embargo ahora se camufla en otras formas familiares formalmente más libres: familias monoparentales, familias homosexuales y lésbicas, etc. El vigilado derecho al divorcio y al aborto, a los anticonceptivos, la «educación sexual» que se ofrece en mucha prensa, el negocio de la «erotización social» realizado por el marketing, la moda y la industria de la culturilla burguesa, así como la industria de la «libertad sexual» en Internet que produce miles de millones de euros, esta realidad que a la vez oculta el terrible poder represivo subterráneo de la sexualidad patriarcal realmente existente, difumina mucho la sensación de peligro de la represión de la sexualidad emancipada y libre inherente al fascismo. 

Y cuarto, en el presente malvivimos sexual y afectivamente bajo la derrota aplastante de la política sexual practicada por la izquierda revolucionaria a finales de los ’60 y buena parte de los ’70 del siglo pasado. Uno de los objetivos del neoliberalismo es el de anular toda forma de vida no mercantilizada ni subsumida en la acumulación capitalista, como la de una cotidianeidad crítica y comunalista que ayuda a crear personas revolucionarias. La Sex-Pol de los ’30 fue destrozada por la cuádruple alianza del fascismo, la burguesía, el psicoanálisis oficial y la burocracia supuestamente «marxista»; los vitales avances en la «revolución de la vida cotidiana» realizados desde finales de los ‘60 fueron barridos por el neoliberalismo con el apoyo del reformismo y por la miopía de la muy debilitada izquierda. Ahora la juventud obrera y popular, sobre todo las mujeres, topa con incontables dificultades sexo-afectivas aunque creen que su «libertad sexual» es apreciable. La izquierda no ha (re)iniciado todavía la batalla radical por una sexualidad y una afectividad libre dentro de lo posible en el capitalismo, libertad reducida y siempre en peligro, que a pesar de todo prefigura muy tímidamente partes de la sexualidad socialista. 

En la medida en que la izquierda revolucionaria no (re)inicia abiertamente la lucha por una sexualidad libre, en esa medida da tiempo a reaccionar al sistema patriarco-burgués. Por ejemplo, a raíz de los avances teóricos de Marcuse sobre la «desublimación represiva» en El hombre unidimensional, y sobre el «ocio represivo» en Eros y civilización, por citar algunos, así como de otras aportaciones radicales feministas de la época, en 1969 Reimut Reiche –La sexualidad y la lucha de clases, Seix Barral, Barcelona 1974-- advirtió sobre la aparente liberación sexual que se oculta bajo una «libertad» que en realidad oprime con mayor eficacia que la represión pura y dura porque logra ocultarla bajo un manto de tolerancia. Poco después E. González Duro --Represión sexual, dominación social, Akal, Madrid 1976-- insistió en la misma línea de crítica de la desublimación represiva, del ocio represor, del «sexo mecanizado», etc., como la «solución» adecuada para aumentar la productividad económica y la integración sociopolítica de la clase trabajadora. 

Aunque el capitalismo está mostrando de nuevo su intolerancia represiva clásica, sin embargo la floreciente industria del sexo refuerza su poder alienador. Pero el problema es más grave ya que el sistema activa su poderosa institución psicológica para reforzar la diferenciación sexual biologicista de la época victoriana en la sociedad burguesa actual, castrando así cualquier sexualidad que rompa los estrictos límites «científicamente establecidos», según Silvia García Dauder en «Ingeniería bioconductual al servicio de la normalización: vigilando las fronteras del sexo», Antipsychologicum, Virus, Barcelona 2006. Como se aprecia, la necesaria crítica radical de la sexualidad oficial, dominante, siempre tiene que buscar en los orígenes sociales de la opresión, en este caso en la época victoriana, si bien la izquierda debiera ir hasta el mismo fondo del problema, o sea, hasta las relaciones entre sexualidad, libido, naturaleza y dinero al preguntarse sobre si son posibles relaciones de producción que no representen una sublimación exenta de represión, como lo intenta Horst Kurnitzky al aplicar la crítica materialista de El Capital de Marx a la crítica de la economía libidinal, en La estructura libidinal del dinero, Siglo XXI, México 2011. 

Rozada muy por arriba la complejidad rica en interacciones de la Sex-Pol, no se puede por menos que afirmar que se equivoca quien reduzca simplonamente el problema actual del fascismo sólo a la supuestamente «nueva composición de clase» en el capitalismo contemporáneo creyendo que es el fundamental o único obstáculo para la lucha antifascista. Las crisis parciales cada vez peores desde mediados de la década de 1990 y definitivamente desde su estallido en 2007, han demostrado que la composición clasista es esencialmente la misma que en 1933; más aún, demuestran que la gran burguesía es cada vez más reducida a la vez que aumenta la asalarización y el empobrecimiento relativo y en parte absoluto la creciente población que vive sólo de su salario o del salario indirecto. 

Hay que tener en cuenta las cuatro razones expuestas para poder impulsar la conciencia organizada antifascista; como también hay que saber que el fascismo de entonces y de ahora se basa en un nacionalismo imperialista extremo, racista, patriarcal y eurocéntrico, que justifica y exige la destrucción de las naciones trabajadoras que se resisten a la unidad brutal del imperialismo, y es por este último que el derecho/necesidad a la independencia socialista de los pueblos es una reivindicación de primer orden. 

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